Roger Patterson, auténtico descubridor del sasquatch

El 15 de enero de 1972, Roger Patterson, nacido en Dakota del Sur 45 años antes, murió jurando que su sasquatch era auténtico. El cáncer lo venció, no el escepticismo ni las mezquinas argucias de los científicos.

Patterson había sido el principal miembro de la expedición del 20 de octubre de 1967. En realidad los miembros eran sólo dos: él y Robert Gimlin, oriundo de Missouri. Llevaron un par de caballos y una filmadora de 16 mm alquilada. Y se dirigieron a un parque nacional del norte californiano dispuestos a entrar en la Historia.

Patterson y Gimlin eran dos hombres valerosos. No sólo no temieron el peligro de enfrentarse a la Bestia, sino que no repararon en detalles que desde su perspectiva de exploradores y descubridores resultaban pequeñeces, como las desgraciadas connotaciones del topónimo “Bluff Creek”, el lugar donde la cámara capturó al sasquatch esa tarde inmortal.

Los méritos de Patterson y Gimlin se agigantan si se comparan con su pobreza de medios. No tenían el apoyo de las autoridades, decisivo en todos las grandes expediciones, desde Colón hasta Livingstone. Carecían no sólo de equipos sofisticados, colaboradores y testigos, sino también de formación científica. Patterson había leído todo el material que las revistas de interés general habían publicado hasta el momento sobre Pie Grande, y así había adquirido tal conocimiento del críptido que en 1966, un año antes del histórico encuentro, había publicado su propio libro: “Do Abominable Snowmen of America Really Exist?”, un resumen admirable de recortes periodísticos con un valioso agregado de mapas e ilustraciones del propio Patterson. Para esto, como corresponde a un amigo del riesgo, invirtió sus propios fondos en una edición de autor.

La introducción al libro de Patterson, publicado un año antes de la filmación del sasquatch, es una profesión de fe. Esa fe inquebrantable explica el éxito inmediato que tuvo la histórica expedición de octubre de 1967. Dice Patterson, poco antes del feliz encuentro de Bluff Creek: “En las vastas regiones inexploradas de América existe un recuerdo viviente y palpitante de los días prehistóricos. Tiene varios nombres: “mono peludo gigante”, “pie grande” y “sasquatch”. Es la contraparte del “Yeti” o “Abominable Hombre de las Nieves” del Himalaya. Sí: existe un Abominable Hombre de las Nieves americano; no es un mito ni un fraude. Únase a mí para investigar los hechos acerca de este misterio del siglo veinte. Recorramos juntos el áspero camino a lo desconocido; una lectura que nos llevará desde las fogatas de los indios y los montañeses hasta los modernos periódicos, un camino tan cargado de suspenso y tan hundido en el misterio que usted nunca podrá olvidar ni una sola de sus fascinantes millas”.

El aburrido biólogo de nuestros museos y universidades es, comparado con Patterson, un perfecto incompetente. Pasa mucho tiempo confinado en aulas, bibliotecas y laboratorios, preocupado por cuestiones como la densidad de población, la duración de ciclos reproductivos y la incidencia de ciertas parasitosis, problemas todos carentes del más elemental misterio. Así puede tardar años para dar con una nueva subespecie de molusco del Golfo de México, un caracol blanquecino de un par de milímetros sin otra particularidad que un caparazón con menor contenido calcáreo. En cambio Patterson, que no buscaba toda una especie sino sólo un individuo, partió una mañana en su matungo junto a un Gimlin somnoliento y poco después del mediodía había conocido la Gloria en Bluff Creek.

La película original dura unos pocos segundos:

Los científicos nunca han probado que la película sea falsa. Los pocos que se han dignado verla han ensayado toda clase de tecnicismos para descalificarla. Han descendido hasta la triquiñuela de abogado: es el autor, dicen, quien debe probar que la cinta es auténtica; Patterson tiene el onus probandi; nosotros sólo vemos una figura corpulenta y velluda.

Luego comienza la maledicencia. Parece que Patterson unos años antes había comenzado a producir una película de estricta ficción en que un grupo de vaqueros, un sabio indio (protagonizado por Gimlin) y un viejo minero cazaban al primate. Buena oportunidad, se especula, para confeccionar un traje de sasquatch. La acusación es injusta, porque la obsesión de Patterson con Pie Grande no prueba la inexistencia de la criatura.

Por otra parte, hombres sensatos y de buena voluntad acudieron durante los años siguientes a acreditar la película de Patterson y Gimlin. Demostraron que ningún disfraz calza tan bien; observaron un movimiento en un músculo de la pierna derecha del sasquatch, que no podría verse bajo un disfraz; destacaron que el simio se da vuelta tres veces para ver a sus perseguidores y al hacerlo gira toda la parte superior del cuerpo, no sólo la cabeza como habría hecho un humano.

Los escépticos deberán conceder que en la película el error que buscan no aparece nunca. No hay defectos que revelen un presunto disfraz. No hay testigos directos de un engaño. Ni Patterson ni Gimlin (que aún vive) fueron procesados por fraude. Ninguno de los supuestos defraudadores se hizo rico. Además es evidente la nobleza de sentimientos de ambos exploradores. Si en lugar de la filmadora de 16 mm hubieran llevado un fusil de 7,65 mm podrían haber vuelto con el cadáver del sasquatch y no habrían tenido que soportar ningún rumor. No quisieron poner en aprietos a los fiscales, que se hubieran visto obligados a determinar si lo matado era hombre o animal, y si por consiguiente los cazadores eran o no homicidas.

Si la película Patterson – Gimlin fuera un engaño, sería un fraude de una sencillez casi genial. Y según todos los testimonios, ninguno de estos dos exploradores estuvo nunca cerca de ser genial.

Y en todo caso si el Destino se obstinó en escamotearle a Patterson su terra incógnita, cuando fue tan generoso en poner, por ejemplo, el Polo Sur en el camino del gélido Amundsen, la culpa no es de Patterson ni de su socio. No faltó el valor ni el fuego sagrado; solamente algo de buen sentido y un alineamiento más afortunado de ciertas circunstancias.

Publicado por

Pablo Tornielli

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