¿Por qué Borges no ganó el Premio Nobel?

Lápida de Borges en el cementerio de Plainpalais, Ginebra, con un pasaje del poema “La Batalla de Maldon”.

En enero de 2018 el diario sueco Svenska Dagbladet dio a conocer unas actas secretas de 1967, donde el comité responsable de otorgar el premio Nobel de Literatura expresaba las razones por las cuales el elegido sería Miguel Ángel Asturias. Creo que después de esa revelación comenzamos a saber menos que antes sobre las verdaderas razones de la exclusión de Borges, que fue un candidato frecuente.

Hay más pistas —me parece— en un artículo publicado en La Nación en 1999, cuando no se conocía ningún acta secreta. Lo que el Svenska Dagbladet revela son las razones expresas, pero no las verdaderas. Por ejemplo: “…Anders Österling rechazó al autor de El Aleph con un comentario definitorio: Es demasiado exclusivo o artificial en su ingenioso arte en miniatura…”. Aquí creo que la única palabra sincera es miniatura, porque de un latinoamericano se esperaban novelas, no cuentos y poemas.

Borges podía ganar el Nobel no por mérito ni por justicia (para hacer justicia deberían otorgarse miles de premios Nobel de Literatura cada año), sino porque su literatura forma parte de la telaraña semántica del siglo XX. Por eso nos tropezamos con Borges en lugares bastante inesperados, como Orientalismo de Edward Saïd, o la opinión de Saramago, que dijo que Borges, Kafka y Pessoa expresaron el espíritu del siglo XX.

Además de la postura de Österling y de una posible inquina personal de Artur Lundqvist, habitualmente se menciona la espectacular falta de oportunismo político de Borges, pero ¿realmente podemos creer que Lundqvist y los demás académicos tenían eso en mente? Borges era contexturalmente ajeno a la política y a lo sumo llegó a definirse como un anarquista spenceriano, refugiándose en una ideología que no puede tener partido y que es una negación expresa de la política real.

Se diría que el clima de la ciudad de Estocolmo tuvo más relación con todo este asunto. Desde allí evidentemente se asignaba una función específica a la literatura latinoamericana: calor meridional; colorido local; sensualidad y violencia; personajes de una irracionalidad exuberante. Todo lo que hay en el “boom” de la novela latinoamericana.

Ese año de 1967 el premio se le otorgó a Miguel Ángel Asturias. La teoría político ideológica dirá que fue porque el guatemalteco era de izquierdas, pero me tomo el atrevimiento de sugerir que esto es una simplificación. La Academia dijo que le daba el premio a Asturias “por sus logros literarios vivos, fuertemente arraigados en los rasgos nacionales y las tradiciones de los pueblos indígenas de América Latina”. Esta, creo yo, es la clave: aparte de sus méritos, Asturias cumplía la función exótica que la Academia Sueca atribuía a la literatura latinoamericana.

Borges no. Los arrabales de Buenos Aires son monocromos como un aguafuerte; Estocolmo quería acuarelas. En Borges se pasa del porteño existencialista al experto en sajón antiguo y sagas islandesas. Si la sede de la academia que da el Premio Nobel de Literatura estuviera en Río de Janeiro, en Lima o en Tegucigalpa, lo exótico y colorido habrían sido esos sabios alemanes, árabes o ingleses que en la obra de Borges se mezclan con discretos malevos y gauchos lacónicos.

Publicado por

Pablo Tornielli

Leyes, política, idiomas, culturas, música, literatura

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