Abentofail y el árbol apócrifo

En Google Books existe una versión facsimilar bilingüe en latín y árabe del Philosophus Autodidactus traducido por Edward Pococke (esta edición es de 1700, la primera conocida es de 1671 si no me equivoco).

El texto árabe merece alguna que otra observación, pero mi punto es que en la isla imaginada por Abentofail en el siglo XII, según esta edición hecha cinco siglos después, además de seres humanos surgidos por generación espontánea había un árbol que daba por fruto mujeres: وبها شجر يثمر نساء («… wa biha sháÿar(un) yuzámmiru nisa'(an)…», página 53 del archivo pdf, o bien «… in eâ arborem esse quae fructûs loco faeminas producit…», página 54).
Ahora bien, González Palencia en su versión castellana (Madrid, 1948) omite el árbol productor de mujeres.

¿Qué ha ocurrido aquí? Siempre creí que era poco probable que González Palencia hubiera omitido por descuido esas palabras y me incliné por pensar que había asumido que el árbol que da mujeres era una interpolación, ya que más adelante en la novela resultará que la isla estaba desierta, el Viviente no encontrará mujer alguna y no se volverá a mencionar ese prodigioso árbol. El personaje tendrá como madre adoptiva a una gacela.

Tampoco aparece el dichoso árbol en la traducción del árabe al inglés de Simon Ockley (Londres, 1708), titulada “The Improvement of Human Reason Exhibited in the Life of Hai Ebn Yokdhan”.

Me informa el arabista español Antonio Giménez Reíllo que González Palencia se limitó a seguir la edición de León Gauthier (Hayy ben Yaqdhân, roman philosophique d’Ibn Thofail, Argel, 1900), basada en un manuscrito diferente, pero que recoge la variante que siguió Pococke: «Il s’y trouve un arbre qui, en guise de fruits, produit des femmes; c’est d’elles que parle Maç’oudi sous le nom de filles du Ouaqouâq«. En opinión de Gauthier, el pasaje es una evidente interpolación: «ce passage, qui manque dans le ms. d’Alger, est évidemment une glose interpolée» (p. 16, n. 3).

Me agrada mucho esta opinión de Gauthier, porque Abentofail en su relato maneja cuidadosamente lo que en inglés se denomina suspension of disbelief. El elemento imposible, en el caso la aparición de un ser humano ex nihilo en una isla inhabitada, necesario para desarrollar sus tesis filosóficas, está envuelto en datos científicos reales aunque algo oscuros, a la manera de la ciencia ficción moderna, y condimentado con disputas imaginarias entre sabios (que debaten si Hayy llegó a la isla como sobreviviente de un naufragio o por generación espontánea). Así el lector lo absorbe con más naturalidad y concentra su atención en las experiencias del protagonista. En ese contexto el árbol mágico parece totalmente fuera de lugar y de haberlo concebido Abentofail sin duda habría escrito mucho más sobre él.

Sin embargo, un manuscrito que contenía el árbol apócrifo fue el que usó Edward Pococke para su inmortal traducción al latín durante el siglo XVII. Esa edición que contiene un pasaje falsificado, producto quizá de la simple broma de un copista, se convirtió en una obra muy influyente en la filosofía, y hasta en la religión, de lo que llamamos Occidente. Entre los cristianos cuáqueros, este escrito de un musulmán andalusí se convirtió en una «perfecta demostración de la religión como experiencia de una luz interior«. Hay ecos de Abentofail en Locke y en Kant.

No existía el ISBN en el siglo XII. Uno se pregunta cuántos pasajes dudosos del Viaje de Ibn Battuta, por ejemplo, podrían deberse a picardías de copistas; de cuántos plagios parciales no tuvo ni noticia el autor.

Publicado por

Pablo Tornielli

Leyes, política, idiomas, culturas, música, literatura

Deja una respuesta